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Exposición de arte: Velázquez, esculturas para el Alcázar

El pintor sevillano Velázquez y las esculturas para el Alcázar

Veinte de las treinta y cinco esculturas que el pintor sevillano, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, trajo a España por orden de Felipe IV, se exponen en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta el 10 de febrero de 2008 (la entrada es gratuita). Estás veinte obras de arte traídas por Velázquez, son las únicas que se conservan tras el incendio de 1734 del Alcázar, lugar en el que se encontraban ubicadas. Muchas de ellas fueron a parar a diferentes lugares y dependencias y, 350 años después, se han vuelto a reunir en una exposición. La exposición cuenta con setenta y seis piezas, entre esculturas, libros, cuadros, dibujos y documentos de archivo.

En 1651, Velázquez volvió de Italia con algunas estatuas de yeso encargadas por el rey Felipe IV para decorar su palacio. Cuatro siglos más tarde, un equipo madrileño de restauradoras, formado por Judit Gasca, Ángeles Solís y Silvia Viana, ha devuelto a su esplendor las piezas más olvidadas del pintor, dejadas de lado por su condición de copias. El maestro sevillano pasó días y días seleccionando esculturas y regateando con sus dueños para conseguir el derecho de reproducirlas con la técnica del "vaciado". Fue el mejor experto de Roma, Girolamo Ferreri, el encargado de elaborar estas reproducciones.

Anteriormente, en 1649, Velázquez ya había estado en Roma por orden del rey. Ese año había comprado cuadros de Tiziano, bronces de Cellini y cristalerías venecianas. Es obvio que actualmente pensamos en el pintor sevillano como en el maestro incontestable de la pintura, pero en su época, para su patrón, Felipe IV, el artista era más bien un decorador de interiores. Una anécdota curiosa es el hecho de que Velázquez preparó una sala secreta de cuadros de desnudos en la que sólo el pintor y el Rey podían entrar. Por otro lado, en los archivos históricos de Roma se conservan todos los contratos que firmó, llenos de exigencias y con una cláusula que hoy resultaría chocante, si una pieza no satisfacía a Velázquez, el artesano tenía que repetirla gratis.

El proceso de copiar las esculturas era caro y costoso. El artesano preparaba los moldes o taselos que se colocaban, uno tras otro, sobre la escultura. Los taselos debían encajar perfectamente sobre la pieza que iban a cubrir. Asimismo, cada pieza se tenía que reforzar por dentro con alambre para poder soportar los traslados posteriores. La obra debía dar la impresión de un todo completo, sin fisuras ni grietas, y aunque estaban huecas por dentro, algunas pesaban más de una tonelada. El propio Velázquez escogía el yeso, el más fino y blanco. La peanas de las esculturas tenían que ajustarse a las dimensiones de las habitaciones en que eran instaladas, este hecho supuso que Ferreri tuviese que viajar con Velázquez para montar la estatuas in situ.

La Real Academia guarda 900 copias (vaciados) y las más valiosas son las que el autor de Las Meninas mandó copiar de algunas ricas colecciones romanas, obras que revelan el esplendor del arte griego y romano. Entre ellas se encuentra un Gladiador borghese, listo para el ataque, un Sileno con Baco niño, que arrulla tiernamente al pequeño dios sin sospechar que hasta hace poco pensaban que se trataba de Saturno, el dios que devoraba a sus hijos, un gigantesco Hércules Farnesio, El coloso y La Flora de Farnese, que muestra un cutis limpio y una ropa inmaculada.

Estos vaciados de Velázquez fueron, en su tiempo, piezas de gran valor codiciadas por coleccionistas debido a lo difícil que era poder ver las esculturas originales en una época sin turismo. Además, la precisión de las reproducciones de Velázquez, ayudó a corregir los defectos provocados por restauradores poco habilidosos. Posteriormente, el culto por las obras originales las hizo caer, poco a poco, en el olvido. Precisamente este hecho es el que las ha salvado ya que, mientras algunas colecciones han perdido sus vaciados, los de Velázquez han pasado siglos en aulas y almacenes sin que nadie se interesase por ellos. Sólo los alumnos de la Academia los han usado para sus ejercicios, lo que no les ha librado de algún atropello que otro.

Sin duda, muchos de los que admiren estas esculturas en la Real Academia, no sabrán que están viendo algo reservado a los ojos de reyes.

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