Bartolomé Esteban Murillo fue, en mi opinión y la de muchos otros, uno de los más grandes genios de la pintura española, mostrando un estilo enormemente personal en el que destacan la dulzura y ternura de sus personajes (en especial cuando retrataba niños), los colores suaves, sus líneas de pincelada fácil, y la dorada luminosidad que conseguía impregnar en sus cuadros. Se estima que en el mundo existen cerca de quinientas obras auténticas de este prolífico y fantástico pintor.
Murillo fue un pintor con una intensa espiritualidad como lo demuestran sus numerosas obras religiosas y, especialmente, sus cuadros y lienzos dedicados a la Virgen María, más en concreto a la Inmaculada Concepción (en el Museo del Prado podemos disfrutar de cuatro de ellos, pero sus creaciones marianas llegan hasta Rusia, en el Museo de San Petersburgo hay también una de ellas).







